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Leo Howard hara de “Conan” joven

Luego de que se confirmara que Jason Momoa (“Stargate: Atlantis”) se pondría en la piel de Conan en la nueva versión de este clásico que protagonizara Arnold Schwarzenegger, Latino Review dio la primicia sobre el fichaje de un joven actor para interpretar a Conan en su juventud: Leo Howard.
Este jovencito encarnó recientemente al personaje Snake Eyes en la película de “G.I. Joe”, adaptación de los clásicos muñecos de acción al cine. Su participación en esta cinta, como la de su antecesor Jorge Sanz, será bastante pequeña, apareciendo solo en los primeros 15 minutos de la cinta para servir como contexto a la historia de Conan.
Actualmente, la película está siendo rodada en Bulgaria, habiendo comenzado la filmación el día 15 de marzo. Según se había dicho, existe la posibilidad de que Mickey Rourke participe de la película interpretando al padre de Conan.
Tags: conan, Jason Momoa, Leo Howard, Mickey Rourke
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The Savage Sword of Conan

The Tower of the Elephant
Éste cómic probablemente debería haber quedado para más adelante, porque es muy, muy importante. Es uno de los primeros cómics estadounidenses que leí vi en mi vida: yo tenía cino o seis años y el hecho de que lo recuerde tan bien demuestra la huella que dejó en mi maleable cerebro de niño. Con todo derecho podría haberlo reservado para la cuenta final de los cuatro o cinco cómics más influyentes de mi vida, pero si vas a empezar algo, empiézalo en serio. Con un BANG, à la Hitchcock.
A esa edad mis cómics favoritos eran otros. Astérix, Tintín, Mortadelo y Filemón… cosas que en general leía con la ayuda de mis padres. Las revistas de Conan en cambio las tenía prohibidas, supongo que con buena razón porque, más allá de la teta ocasional, lo que más abunda en las páginas de La Espada Salvaje es la violencia y las monstruosidades (recuerdo muy bien haber tenido pesadillas tras ver representada una sangrienta bacanal demoniaca). Los cómics eran de mi viejo y estaban guardados en archivadores de cartón en la repisa más alta de la estantería, así que mi acceso era bastante limitado, pero de vez en cuando una de aquellas maravillosas y coloridas portadas llegaba a mis manos y mi padre me dejaba echar un vistazo (o, en otras ocasiones, yo sacaba una revista sin permiso).
La Torre del Elefante, basada en una historia escrita por el mismísimo Robert E. Howard (que no sería un astro de la narración pero tenía ideas muy buenas) antes de que la franquicia se paseara por las plumas de decenas de escritores de diverso talento, apareció en el número 24 de la colección The Savage Sword of Conan (número 11 de la edición ochentera española a cargo de Forum) y es uno de esos capítulos aptos para todo público. Oh, claro que hay sangre y muertos y todo eso, pero en una cantidad bastante inferior al promedio para tratarse de Conan, y además el episodio está lleno de lo que más atrae a un niño: criaturas imposibles. En sus viñetas hay leones, arañas gigantes, dientes de sable y, lo más importante de todo, que dejó una marca indeleble en mi retina, un hombre con alas y cabeza de elefante (una cabeza de elefante de tamaño real).

The Savage Sword of Conan
Antes de seguir, un resumen: la historia comienza, como toda historia de espada y brujería que se precie, en una taberna. Conan, que ya el lector sabe que es un bárbaro, un mercenario, un ladrón, un pirata, un soldado, un fugitivo, un buscapleitos, un guardaespaldas, un cazador, etc, escucha a un borracho hablar sobre las maravillas de la Torre del Elefante. La leyenda dice que en la torre hay un gran tesoro, una gema mística de proporciones enormes y blablablá, todo ello resguardado por incontables peligros y bestias mágicas y más blablablá. O sea, argumento básico número 3 del género de la fantasía heroica. Evidentemente, toda conversación entre Conan y un borracho tiene un 95% de posibilidades de desembocar en una pelea, y toda pelea con Conan tiene un 99.99% de posibilidades de terminar con la muerte de no-Conan. Pero éste tipo es sólo un gordo ebrio así que los artistas no pierden tiempo y lo despachan off-panel. Corte a la torre.
El cimmerio favorito de todos se las arregla para entrar a la torre, y allí se encuentra con otro tipo que ha tenido la misma idea. Juntos, pero no revueltos, se adentran en el jardín que rodea la estructura y se topan con media decena de leones. Taurus, el otro saqueador, hace uso de un poderoso veneno para acabar con los felinos que de todas formas seguro que Conan habría podido vencer de un modo u otro (tanta resolución apresurada de situaciones potencialmente peligrosas ya va dando una idea de que este capítulo en especial no es action-loaded sino más bien story-loaded). Después de escalar un poco, peligro número 2: araña venenosa gigante. Taurus muere rápidamente a modo de advertencia, y el bárbaro, ya sobre aviso, se las apaña para cortarle una pata al maldito bicho y luego aplastarla con un cofre lleno de oro. Porque es Conan y si quiere levantar un cofre lleno de oro y arrojarlo a cuatro metros de distancia, ¿quién se lo va a impedir?
Finalmente, el elegido de Crom llega a una habitación en la que hay un tipo con cabeza de elefante sentado en un trono. La verdad, no parece tan peligroso como la mayoría de los monstruos a los que se ha enfrentado Conan, pero también es cierto, como sabe cualquiera que haya leído un poco de cualquier cosa, que la antítesis de un über-berserker es un ultra-wizard, y los magos tienden a ser flaquitos y raros.
Por suerte para Conan, o para el carelefante (que está ciego), o para ambos, aquí no hay pelea. Conan tiene uno de esos momentos de compasión y escucha atentamente la historia de este Ganesha venido a menos, la cual es, como poco, desquiciadamente psicodélica.
El loxocéfalo explica que pertenece a una especie extraterrestre, y que llegó a la Tierra hace cientos de miles de años junto a otro montón de exiliados de su planeta (Yag). Luego viene básicamente un breve recuento de la historia-mitología Howardiana, desde la aparición del hombre (”we saw men grow from the ape…“) al establecimiento de varias civilizaciones primigenias (atlantes, estigios…). Con el paso de los siglos, Yag-Kosha, que así se llama el hombre elefante, quedó solo, y fue adorado como un dios por un montón de idiotas gente. Uno de sus más fieles seguidores y aprendices, un mago oscuro llamado Yara, lo traicionó y lo convirtió en su esclavo, y desde entonces, hace más de 300 años, lo mantiene prisionero en la torre. Y no, no puede simplemente suicidarse porque quedaría atrapado en la gema sufriendo un tormento eterno y otra vez blablablá.
Obviamente, Yag-Kosha le pide ayuda a Conan, que, reticente, se la da, haciendo lo que mejor sabe hacer: matar. Después de arrancarle el corazón al alien-dios, baña la gema con la sangre del mismo, despierta al malévolo Yara de su prolongado sueño y le recita un mensaje de su esclavo. Finalmente, Yara toma la gema y queda atrapado en su interior junto a Yag-Kosha (aka Yogah), que tiene todo el tiempo del mundo para cobrar venganza.
Luego de esto Conan tiene como dos minutos para salir de la torre antes de que se derrumbe, y se va sin siquiera una bolsa de monedas de oro. Fin.
Por supuesto, cuando “leí” este cómic a los cinco o seis años, probablemente entendí tando de él como Conan del hombre-elefante, es decir, muy poco. Me considero un fan de Conan, pero no un verdadero fanático erudito (no he leído ni una de las novelas). Aún hoy, más de veinte años después, sigo sin saber del cimmerio más que los aspectos básicos: es el tipo más rudo y fuerte que se haya escrito (sí, en mi ranking personal Conan le gana al Punisher de Ennis, por ejemplo, y también a Barracuda), mata monstruos, estrangula toros, rompe mandíbulas de tiburones y se tira a todas las minas que quiere. Tengo alguna idea de la ubicación de las naciones durante la Era Hyboria, y sé que luego Conan se convirtió en rey de Aquilonia, su reina se llama Zenobia, su primer hijo, Conn, etc. Y, desde luego, vi Conan El Bárbaro y Conan El Destructor, y varios capítulos de la serie animada de los noventa (aunque nunca enganché con la serie de imagen real). Y Korgoth, no olvidemos a Korgoth.
La colección de La Espada Salvaje de Conan el Bárbaro, de Forum, me introdujo al mundo de la fantasía épica (o fantasía heroica, o espada y brujería, son cosas más o menos iguales aunque más o menos distintas) mucho antes que Dungeons & Dragons. Incluso antes, en mi caso, que He-Man y los Amos del Universo. Y también podría decirse que, al menos con este capítulo, pude atisbar las primeras pinceladas de la cosmogonía lovecraftiana… Vaya, seguramente le debo a Conan haberme convertido en un rolero empedernido.
Conan fue el primer personaje de cómics gringos que aprendí a reconocer no sólo por su vestimenta, que casi no tiene, sino por su estilo, el tono de sus aventuras, su personalidad (obviamente Superman y Spider-Man llegaron antes a mi mitología privada, pero como digo, eran poco más que trajes azules y rojos). Fue también el primer cómic destinado específicamente a un público juvenil-adulto con el que me topé (y eso que en la mayoría de las historias, Conan es un cuarentón, no el jovencito Luke Skywolker Harry Potteriano de siempre) y, después del estilo caricaturesco de la mayoría de los cómics europeos que leía entonces, una de las principales influencias artísticas en mi (ya desechada) protocarrera de dibujante.
Porque aunque del guión no puedo hablar mucho (Roy Thomas, el encargado de adaptar la mayoría de las novelas al cómic, es una leyenda), podría pasar horas alabando los trazos de John Buscema y Alfredo Alcalá, la dupla barbárica por antonomasia en mi opinión (otros prefieren al también excelente Ernie Chan). El Conan de estos dos tiene más carácter que muchos action-heroes de hoy en día, y no necesita ni colores ni bocadillos de texto. Puedes notar su presencia en el papel como puedes notar la presencia de un oso pardo en tu living, algo masivo, pesado, latente y amenazador. Son capaces de jugar con las expresiones faciales del bárbaro magistralmente, desde la alegría al miedo a la confusión, sin que el respeto y temor por el personaje disminuya lo más mínimo. La composición de las páginas es increíble, sencilla y ágil y sin embargo cargada de energía, trepidante. Las escenas de acción son, desde luego, lo mejor, proezas de fuerza imposibles, puñetazos, patadas, tajos y estocadas llenas de intención. Los fondos son detallados sin resultar distractores. Los personajes secundarios tienen vida propia, son reconocibles, diferenciables. Las mujeres son, claro está, un canto al machismo y/o la misoginia, pero no pidamos peras al olmo: son todas esbeltas y hermosas, instrumentos de sensualidad desbocada (y sin embargo, cuando es necesario, pueden eliminar toda esa supersexualidad idiota de lado y plasmar un cuerpo perfecto y semidesnudo que inspira admiración más que deseo: Red Sonja). Sus monstruos son también geniales, desde los más grotescos y bulbosos a los más humanoides, aunque nunca humanos. Ojos vacíos de vida como los de los tiburones, garras enfermizas, dientes rotos y terribles. De verdad, no mentía antes cuando dije que tuve pesadillas cuando era chico por causa de los cómics de Conan.
Hablo de Buscema y Alcalá, sí, pero detrás de Conan había una legión de artistas, y aparte de los dibujantes regulares no quiero olvidar a los portadistas. Muchas de las cubiertas de esta serie, influenciadísimas por el maestro Frank Frazetta (no podía ser de otra forma, se nota sobretodo con el ilustrador Norem) forman parte de galerías y colecciones de arte fantástico hoy en día, pero eran diseñadas y pintadas para cada número en particular, y representaban bastante correctamente lo que uno encontraría en el interior de la revista.
En fin, podría seguir escribiendo sobre Conan y compañía, pero como ya dije antes, pese a ser un fiel admirador, no soy un experto, y hay muchas páginas por ahí que tienen más y mejor información sobre la historia del escritor, el personaje, la franquicia y todo lo que se relaciona con ella. Búsquenlas, vale la pena.
Tags: conan, Conan the Barbarian, Dark Horse Comics, Marvel Comics, Robert Howard, Roy Thomas
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